Mis niñas
Estoy orgullosa de mis niñas. Desde que apenas fueron brote a la vida, cuidé con ternura mis dos flores gemelas. Al principio, con la ternura propia de la mejor madre primeriza, las miraba con asombro y arrobo, y les dedicaba la delicadeza que emanaban.Con los años se conviritieron en mis niñas bonitas, no tanto como jóvenes de familia acomodada si no como adolescentes abiertas a la vida.
Estoy orgullosa de mis pechos. Yo los llamo "mis niñas".
Su grandeza no está tanto en su tamaño como en su capacidad infinita de sentir. Todos los hombres con los que experimenté también se sintieron
orgullosos de ellas, así como las mujeres, porque mis niñas son bisexuales, no conocen de géneros sólo de seres humanos con capacidad para transmitir.
Han conocido cien nombres: "amaneceres de leche" para Juan, "níveos pechos" para Carlos; nunca entendí más allá de la poesía estos adjetivos que aludían a la blancuras de mis senos, pues a mis niñas siempre les gustó solazarse con el sol, de ahí su tono verdino brillante. También han conocido otros nombres más vulgares que se me hacen difícil de recordar, o no tanto, simplemente que no harían justicia a mi regazo.
Hasta los treinta años no encontré un hombre que supiera tratarlas con la delectación que reclamaban. En cambio, bastó una sola mujer, Martha, para proporcionarlas el deleite que anhelaban - nadie conoce mejor el cuerpo de una mujer que otra mujer-.
Curiosamente, ahora que se muestran ligeramente más caídos por la edad, fascinan aún más por el poderío de su imagen, imagen de madurez, de presencia, de saber estar: sus pezones como luces al atardecer aparecen licenciosos, como navegantes que sin descanso buscan el placer.
Aitana A.


